OPINIÓN: Crisis sin precedentes

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La humanidad sufre los efectos de una crisis socioeconómica sin precedentes, como consecuencia del impacto devastador de la pandemia COVID-19 en la economía, la producción y las condiciones de vida de la población.

Caída del turismo en un 97 %, el 94 % de los trabajadores sufre los embates de suspensión, cancelación y una labor productiva a media, dos mil millones de personas que dependen de la economía informal sin producir, colapso del sistema de salud y los medios de producción semiparalizados, entre otros problemas, reflejan la triste y dolorosa realidad que se expresa en una crisis nunca vista a escala planetaria.

Se debe añadir a esa situación, la muerte de casi medio millón de personas y cerca de nueve millones de contagiadas, a causa de la letal enfermedad, por lo que, es imprescindible impulsar la unidad mundial para prevenir y frenar el avance del COVID-19, puesto que es la fórmula para retornar a la normalización.

Este cuadro desalentador ha sido presentado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), institución que se amparó en informaciones proporcionadas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), luego de estudios e investigaciones sobre la influencia del coronavirus en la productividad.

Hay que resaltar que no solo se trata de una problemática sanitaria, sino que afecta todas las actividades y manifestaciones que regulan el comportamiento de la sociedad y el accionar el hombre y la mujer.

Además, se reafirma la iniquidad, injusticias sociales y la desigualdad a nivel global, debido a que los pobres, mayoría de los habitantes del globo terráqueo, padecen con mayor rigor la secuela del coronavirus que los ricos, minoría de la población mundial, porque los primeros subsisten por instinto y los segundos concentran las riquezas necesarias para enfrentar la enfermedad y desenvolverse sin dificultades en la cotidianidad.

Frente a esa amarga objetividad, la Organización de las Naciones Unidas sugiere prestar apoyo urgente e inmediato a los trabajadores en situación de riesgo, empresas, empleos y los ingresos, debido a lo cual, los gobiernos deben elaborar programas, especializar recursos y afrontar los compromisos que imponen el momento, a fin de superar las vicisitudes por la paz y el bienestar social.

“El mundo del trabajo no puede, y no debe, seguir siendo el mismo después de esta crisis. Ha llegado la hora de coordinar la actuación mundial, regional y nacional para generar un trabajo decente para todos como fundamento de una recuperación ecológica, inclusiva y resiliente”, ha planteado la ONU.

Esa posición es sensata, madura y muy humana, en virtud de ello, quienes controlan el poder deben acogerla y poner en prácticas políticas públicas eficientes, eficaces y efectivas que incidan en la solución de los problemas que afligen a la humanidad.

República Dominicana también es víctima de este malestar global, en atención a lo cual, el Estado y el sector privado deben aunar voluntades y energías para rebasar las precariedades en busca de  regresar sin traumas a la naturalidad.

Trabajar sin descanso y con tenacidad es un desafío constante, para vencer las adversidades para vivir con tranquilidad y felicidad.

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