La convocatoria del presidente Luis Abinader a una Jornada Nacional de Oración y Acción de Gracias por la República Dominicana constituye una iniciativa que merece ser valorada más allá de las diferencias políticas o religiosas. En momentos de incertidumbre, dificultades y amenazas naturales, detenerse para elevar una plegaria por el país puede ser también una oportunidad para recordar que una nación necesita algo más que crecimiento económico, instituciones y obras materiales: necesita valores capaces de sostener la convivencia y fortalecer el sentido del bien común.

La presencia de representantes de distintas denominaciones religiosas en el Palacio Nacional reviste un significado especial. La diversidad de credos no tiene por qué convertirse en motivo de división cuando existe un propósito común: pedir por la paz, por las familias, por los enfermos, por los jóvenes, por los adultos mayores y por quienes tienen la responsabilidad de conducir los destinos nacionales.
Desde una perspectiva cristiana, la oración nunca debe entenderse como sustituta del deber. Pedir sabiduría, protección y fortaleza implica también actuar con prudencia, honestidad y espíritu de servicio. Por eso resulta significativo que esta jornada haya sido vinculada con acciones concretas de prevención, entre ellas los simulacros ante terremotos y la educación ciudadana. Una sociedad que pide protección también debe prepararse responsablemente para enfrentar los riesgos que la naturaleza pueda imponerle.
Es comprensible que algunos cuestionen la participación del Gobierno en una jornada de esta naturaleza, en atención a la necesaria separación entre las instituciones públicas y las creencias particulares. Sin embargo, una convocatoria a la oración no tiene por qué significar imposición religiosa ni desconocimiento de la libertad de conciencia, siempre que se respete la pluralidad y que el propósito sea promover el bienestar colectivo.
La República Dominicana necesita fortalecer, con mayor determinación, valores como la solidaridad, el respeto, el perdón, la responsabilidad y el amor al prójimo. Son principios que trascienden las coyunturas partidarias y que resultan indispensables para afrontar problemas que ninguna autoridad puede resolver por sí sola.
El llamado presidencial a que el “amén” sea también un comienzo contiene, precisamente, la enseñanza fundamental de esta jornada: la oración debe conducir a la acción. Orar por la patria significa también cumplir las leyes, trabajar con honestidad, ayudar al necesitado, proteger al vulnerable, cuidar el medioambiente y asumir cada ciudadano su cuota de responsabilidad.

Una nación que ora por su futuro debe, al mismo tiempo, trabajar por construirlo. Que esta jornada no quede reducida a un acto ceremonial, sino que contribuya a fortalecer la fe, la unidad, la solidaridad y el compromiso de todos con una República Dominicana más justa, segura, pacífica y fraterna. Porque servir a la patria también es una forma de oración.