El doctor Juan Ubaldo Sosa es articulistas invitado
Por Juan Ubaldo Sosa
Uno de los males silenciosos que carcome las relaciones de pareja en la
sociedad actual es la evidente pérdida de la belleza interior femenina.
La mujer, que durante siglos fue símbolo de ternura, dulzura y suavidad
de carácter —un verdadero oasis para el corazón masculino— parece haber
arrojado esas virtudes al cesto de lo ridículo y lo obsoleto.
Hoy nos encontramos con una generación de mujeres ásperas, secas
en lo emocional, que consideran inútil la delicadeza en el trato y que, en
muchos casos, han sustituido el lenguaje del amor por un vocabulario vulgar y
cargado de obscenidades. El romanticismo, el gesto noble, el
detalle sencillo como una flor o una canción, son vistos como ingenuidades
que no encajan en su concepción utilitaria de las relaciones.
La prioridad ya no es construir un vínculo basado en el respeto, la admiración mutua y la complicidad afectiva. Para muchas, lo esencial está en lo material, en el dinero fácil, en las apariencias que se exhiben en las redes sociales.
El talento, la sensibilidad y el amor parecen haber quedado desplazados por
la lógica de la exhibición: mostrar el cuerpo como carnada, reducir la
atracción a lo puramente sexual y, en no pocos casos, insinuar que todo puede
obtenerse a cambio de unos cuantos billetes. No se trata de negar la dignidad, la
autonomía ni los derechos de la mujermoderna, sino de advertir que cuando se
renuncia a la ternura, al respeto y a la delicadeza, el costo no solo lo paga el
hombre, sino también la propia mujer y la sociedad en su conjunto.
Una mujer que convierte al hombre en objeto, que lo humilla o lo ridiculiza en
lugar de edificarlo, termina erosionando el mismo terreno sobre el cual pretende
construir su felicidad. El verdadero poder femenino no está en
el exhibicionismo, ni en la tosquedad, ni en la manipulación material.
El verdadero poder está en la armonía entre belleza interior y exterior, en la
capacidad de inspirar, de acompañar y de hacer del amor un espacio de refugio
y no de confrontación.
La gran pregunta que debemos hacernos es esta: ¿podrá la mujer de hoy
redescubrir la grandeza de su esencia interior? Si no lo hace, las relaciones humanas seguirán degradándose, y el amor, en lugar de ser un jardín floreciente, se convertirá en un terreno árido donde lo único que crecerá será el desencanto.
Quien suscribe es doctor en medicina y abogado de los tribunales del país.