La naturaleza es maestra en diseñar criaturas hermosas que esconden armas
letales. La avispa, por ejemplo, no es solo un insecto: es un símbolo. Su vuelo
elegante produce un zumbido armonioso, como un pentagrama
danzante en el aire.
Su cuerpo esculpido, con esa cintura estrecha y el abdomen finamente
delineado, recuerda la figura estilizada de un instrumento musical; provoca,
deslumbra y atrae.
Pero el arte de la seducción de la avispa es una trampa. En la belleza de su
diseño se esconde el veneno.
Su encantadora anatomía culmina en un aguijón que no duda en clavar con
precisión cruel al incauto que, seducido por la forma, olvida la esencia.
Esa estrategia —la del aguijón oculto tras la gracia— no es exclusiva del
mundo animal.
En la sociedad actual, también se reproduce en formas humanas:
individuos, a veces mujeres, que utilizan la seducción como anzuelo y la
victimización como arma.
Con un cálculo frío, y una paciencia casi reptiliana, algunas personas
construyen el escenario perfecto para atrapar al otro.
Eligen a hombres trabajadores, responsables, emocionalmente
disponibles, para luego, en una danza que mezcla encanto y manipulación,
conducirlos hacia una celada emocional, legal o económica.
Y cuando las instituciones pierden la capacidad de distinguir entre el
zumbido encantador de una seductora estrategia y el grito de una víctima
verdadera, entonces la justicia corre el riesgo de convertirse en espectáculo.
Como la avispa, hay quienes no descansan ni en verano ni en invierno:
El problema se agrava cuando ciertas estructuras institucionales —como
algunas unidades de atención a la violencia— se convierten en aliadas
involuntarias o cómplices conscientes de estas estrategias.
En vez de actuar con objetividad, muchas veces permiten que sus
decisiones se contaminen por prejuicios, frustraciones personales o un mal
entendido sentido de justicia. No se investiga con la debida
imparcialidad, no se escucha a ambas partes, y el veredicto ya está escrito de
antemano.
Así, más que proteger a las verdaderas víctimas, se terminan empujando a
inocentes al abismo.
Este artículo no pretende desacreditar la lucha contra la violencia de género, ni
poner en duda las innumerables mujeres que enfrentan abusos reales y
desgarradores.
Pero sí invita a observar un fenómeno paralelo: el uso indebido de estas
plataformas por parte de quienes no buscan justicia, sino venganza o
ventaja.
El disfraz de avispa puede ser muy convincente, pero su picadura es
siempre la misma.
Vivimos tiempos en los que la palabra puede ser un arma más poderosa que
cualquier aguijón. Siempre están listas para exhibirse, para fascinar, para provocar. Pero también para atacar. Por eso, más que dejarnos llevar por la apariencia de las alas, necesitamos aprender a mirar con ojos críticos.
Porque no todo lo hermoso es inofensivo; no todo lo que brilla es oro,
y no todo lo que duele, es porque lo merecíamos.
Quien suscribe es doctor en medicina y abogado de los tribunales