Artículos: La Faisa: Rostro de maltratos verbales en hospital de Bonao

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Por Marino Báez
mbaezjj@gmail.com

La salud pública representa el pilar fundamental sobre el cual se sostiene la dignidad de cualquier sociedad moderna, especialmente en una región como la nuestra donde el municipio de Bonao concentra a más de ciento sesenta mil habitantes que dependen de un sistema sanitario centralizado y asfixiante.

Resulta alarmante que mientras los Distritos Municipales carecen de centros de salud adecuados y sus clínicas rurales se desmoronan entre el abandono y la desidia estatal, toda la carga asistencial recaiga sobre un único hospital que parece incapaz de gestionar la demanda de una población que clama por atención digna, ética y transparente.

Recientemente el caso de la influencer Pamela Suriel, conocida por todos como “La Faisa”, ha puesto el dedo sobre una llaga que desborda pus desde hace años en el hospital Pedro Emilio de Marchena, debido a las agresiones verbales y la negligencia que sufrió durante una crisis de salud.

El servicio de salud debe abarcar todos los públicos sin banderas, colores o identidad. No importa cuántos seguidores tenga una persona o cuál sea su solvencia económica en un momento determinado, pues ante una emergencia médica todos somos seres vulnerables con el derecho inalienable de ser asistidos sin que se nos cuestione nuestra presencia en un centro público.

Hospital Pedro Emilio de Marchena de Bonao

El maltrato hacia Pamela Suriel (La Faisa), alcanzó niveles intolerables cuando el propio doctor Cristóbal Guillermo Genao, director del hospital, olvidando su investidura y la ética que debería regir su cargo, se atrevió a llamarla “LOCA” por el simple hecho de exigir la atención inmediata que su condición de diabética requería.

Dicha respuesta no es un hecho aislado, sino una prueba fehaciente de la falta de identidad médica y la prepotencia que caracteriza a un director que se siente protegido por el blindaje que otorgan los cargos políticos en nuestro país.

Como ciudadano que también ha recorrido esos pasillos, puedo dar fe de que lo vivido por la influencer es la regla y no la excepción, sobre todo, en un “centro de salud” que fue inaugurado con bombos y platillos pero que carece de la sensibilidad humana necesaria para sanar.

“Cuando el dolor se vuelve desesperación, el alma traiciona sus formas y el respeto sucumbe ante el grito de una herida que ya no sabe callar (MB).". La Faisa pudo equivocarse; sin embargo, no deja de tener la razón.

Recuerdo con amargura mis vacaciones recientes en Bonao, cuando tuve que visitar a un familiar que agonizaba con la presión arterial disparada mientras los médicos pasaban de largo ignorando su estado crítico en un pasillo frío y desolador.

En ese momento, fue necesario alzar la voz y reclamar con desesperación para que una enfermera se dignara a tomarle la presión, mientras él permanecía sentado en una silla común, evidenciando una precariedad que no se corresponde con la fachada de un hospital supuestamente moderno.

Ese día mi indignación creció cuando, al confirmar la gravedad de su situación, la única solución que ofrecieron fue acostarlo en un sofá en medio del tránsito de personas porque según el personal, no había una sola cama disponible para acostarlo y tratar de salvarle la vida. ¡Por suerte no murió!.
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Este tipo de escenario demuestra que el juramento hipocrático se ha convertido en una formalidad vacía para quienes administran la salud en Monseñor Nouel, anteponiendo la arrogancia y el maltrato verbal al deber sagrado de salvar vidas sin distinción de clases.

Calificar de “LOCA” a una persona que justamente tiene impecable sus cinco sentidos, como La Faisa, es un intento burdo de deslegitimar una queja válida, utilizando el estigma para ocultar las carencias administrativas que padece día a día el hospital Marchena.

Toda esta barahúnda de ineficiencia en los servicios de salud me trae a preguntar: ¿Cuántos ciudadanos anónimos habrán recibido ese mismo trato humillante sin tener una plataforma digital para denunciar los atropellos de un director que parece disfrutar de su posición de poder por encima del dolor ajeno?.

Esto nos dice que, la prepotencia de quienes dirigen la institución está creando una cultura de indiferencia que se filtra hacia abajo, logrando que el personal de salud normalice el hecho de ver a un paciente morir lentamente en un sofá de pasillo sin sentir el más mínimo remordimiento.

Resulta inaceptable que en pleno Siglo XXI tengamos que rogar por asistencia médica en un municipio cabecera que aporta tanto al país, mientras la administración hospitalaria se maneja como si fuera un feudo personal donde el respeto hacia el paciente es una moneda inexistente.

Felicito a Pamela Suriel, por la valentía de exponer su caso, el cual sirve para
que muchos nos veamos reflejados en su impotencia y reafirmemos que no estamos ante un problema de falta de presupuesto, sino ante una profunda crisis de valores humanos y profesionales.

Resulta difícil aceptar que la protección política sea el lastre que aún ampara a ciertos funcionarios de la salud en Bonao, cuando el sistema debería haber evolucionado ya hacia la excelencia. No es aceptable que el mérito y la ética sigan bajo la sombra del clientelismo, ni que la ciudadanía deba tolerar la insensibilidad de profesionales que responden con maltratos a quienes buscan alivio en los hospitales.

Ante las denuncias recurrentes por falta de atención y tratos indignos, cabe preguntarse: ¿Es esta actitud un vestigio de una mentalidad autoritaria y de desprecio hacia el ciudadano que aún no
logramos erradicar?.

El salario que cobra el director, médicos, enfermeras, especialistas y personal de apoyo del Hospital Pedro Emilio de Marchena, es pagado por los impuestos de todos los ciudadanos, por ende, ellos son nuestros empleados.

Exhorto a los influencers y al ciudadano común a que se unan en un solo grito de indignación para que el respeto sea la norma y no la excepción, exigiendo que se aparte de la gestión médica a quienes solo saben ofrecer insultos y prepotencia.

Lo que sucede en Bonao con el servicio de salud debe despertar la conciencia de aquellos que tienen el poder para cambiar las cosas, ya que no podemos seguir permitiendo que la salud de los nouelenses esté en manos de personas que han perdido la capacidad de sentir empatía por el prójimo.

El caso de Pamela Suriel (La Faisa), no puede quedarse solo en un video viral de redes sociales, debe convertirse en el motor de un cambio real que devuelva la dignidad a cada camilla, a cada pasillo del hospital y a cada habitante de este laborioso municipio.

Marino Baéz

El autor es escritor y periodista.
Reside en Estados Unidos

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