La comunicación social constituye uno de los pilares fundamentales de toda sociedad democrática, pues tiene la noble misión de informar con veracidad, orientar con responsabilidad y servir como puente entre los intereses de la comunidad y quienes ejercen el poder. Por ello, la ética y la moral deben ser las principales virtudes de quienes tienen la responsabilidad de comunicar.
Sin embargo, resulta preocupante observar cómo algunos comunicadores, renunciando a la independencia y al compromiso con la verdad, ponen sus espacios y opiniones al servicio de intereses particulares, haciendo una comunicación por encargo a cambio de canonjías, favores o beneficios provenientes de determinados políticos y empresarios. Cuando la conciencia se subordina a los privilegios y a las conveniencias, se pierde la esencia misma del ejercicio comunicacional y se debilita la confianza de la ciudadanía.
Más preocupante aún es la costumbre de algunos de utilizar sus plataformas para desacreditar y descalificar a quienes abrazan las causas más nobles del pueblo. Con frecuencia, se intenta presentar a los dirigentes populares y comunitarios como obstáculos para el desarrollo, mientras se procura proyectar a ciertos sectores políticos y empresariales como los únicos defensores del bienestar colectivo.
De esa manera, se pretende invertir la realidad, haciendo aparecer como «malos» a quienes luchan por la salud, la seguridad, el medio ambiente y los derechos de las comunidades, y como «buenos» a quienes, en ocasiones, promueven iniciativas o proyectos que pueden resultar nocivos para el interés general.
La historia demuestra que muchas de las grandes conquistas sociales no fueron fruto del silencio ni de la sumisión, sino del sacrificio y la perseverancia de hombres y mujeres comprometidos con las causas justas. A lo largo del tiempo, numerosos dirigentes populares fueron objeto de campañas de descrédito, solo porque se negaron a doblegarse ante los intereses de grupos de poder. Sin embargo, el paso de los años terminó reivindicando sus luchas y demostrando que actuan movidos por el interés colectivo y no por ambiciones particulares.
No se trata de descalificar a toda la clase comunicadora, pues existen profesionales honestos y comprometidos con la verdad y con el bienestar de la sociedad. Pero es necesario recordar que el verdadero comunicador no está llamado a convertirse en vocero de intereses económicos o políticos, sino en servidor de la verdad y defensor del derecho del pueblo a recibir una información objetiva y responsable.
La credibilidad no se compra ni se hereda; se construye con coherencia, valentía y principios. Las prebendas son pasajeras, pero la pérdida de la confianza y de la autoridad moral puede ser permanente.
Al final, los pueblos saben distinguir entre quienes comunican por convicción y quienes lo hacen por conveniencia. Porque cuando se vende la conciencia, también se pierde la autoridad para denunciar las injusticias y para acompañar las causas legítimas de la gente.
La ética, la moral y la independencia deben ser siempre los pilares de una comunicación responsable, pues una prensa libre y comprometida con la verdad constituye una garantía indispensable para la defensa de los intereses y las aspiraciones de los pueblos.