Hoy se conmemora el Día del Abogado, pero para el abogado dominicano —y muy particularmente para el de la provincia Monseñor Nouel— no hay júbilo que justifique la fecha.
No hay motivos reales para el festejo cuando la toga pesa más que honra y la
profesión se ejerce muchas veces desde la precariedad, el abandono y la indiferencia institucional.
Somos una clase profesional esencial para el Estado de derecho, al mismo nivel que médicos, ingenieros o educadores; sin embargo, históricamente hemos sido marginados de las políticas sociales del
Estado.
Y esa exclusión no es casual: ha sido alimentada por dirigencias gremiales que, en demasiadas ocasiones, sustituyeron la defensa colectiva por el interés personal, el enriquecimiento fácil y la politiquería
mezquina.
El resultado está a la vista: un Colegio de Abogados fuerte en discursos, pero débil —o ausente— cuando sus miembros más lo necesitan.
Duele ver a un abogado enfermo, quebrado por el infortunio, sin respaldo, sin seguridad social efectiva, sin un sistema solidario que
lo ampare.
Duele constatar cómo el sufrimiento de nuestros colegas se normaliza, mientras la dirigencia gremial mira hacia otro lado. Esa indiferencia no solo es inmoral: es una traición a la razón misma de la organización colectiva.
En Monseñor Nouel, además, la crisis judicial se profundiza.
Expedientes que se acumulan sin fallo, procesos que naufragan en el tiempo,
audiencias aplazadas una y otra vez por un sistema de citaciones y notificaciones ineficiente, que termina beneficiando la impunidad y frustrando la labor del Ministerio Público, de las víctimas y de los propios abogados.
La mora judicial no es una abstracción: es una forma concreta de injusticia.
Pero esta reflexión no puede quedarse solo en la denuncia. También exige autocrítica. A pesar de todo, o precisamente por todo esto, los abogados estamos llamados a elevar la ética profesional, a rescatar el respeto entre pares y a asumir, con valentía, nuestro rol de verdaderos auxiliares de la
justicia.
No basta con litigar; hay que pensar el sistema, señalar sus fallas, proponer
soluciones e involucrarnos activamente en la transformación de la realidad judicial.
El abogado no puede ser un espectador resignado ni un mercenario del
procedimiento. Debe ser conciencia crítica, voz firme y compromiso vivo con la
justicia.
Si este día ha de tener algún sentido, quesea el de sacudir conciencias, romper silencios cómodos y recordar que la dignidad de la profesión no se celebra: se defiende, se exige y se construye todos los días.