ARTICULOS: Héctor me llamaba poeta

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Por Juan Amadís

Sentí la noticia como un golpe brutal, un contundente sacudón; el poeta Héctor Bueno había partido a la patria celestial; mayor dolor me produjo el hecho de que estaba lejos de mi Ítaca, Bonao. Impedido de despedirle como merecía, como el vate de discurso más estilísticamente depurado de la poesía de Bonao, Maimón y Piedra Blanca; y entre los mejores del país.

Su poesía expuesta en Fuegos natales y en Elegía por la muerte de José Francisco Peña Gómez era una verdadera suerte de magisterio lírico para los efebos artistas del verso; de esa última obra tuve noticia temprano, pues compartíamos por igual, la admiración de ese líder de pura extracción popular, al cual, la noche se le plasmó en su piel.

Su verso era vibrante, esencialmente social, era un discurso entintado en el sudor del obrero, como el de Neruda en Canto general.

Cuando enseñaba mis lecciones de literatura dominicana y americana, me satisfizo el hecho de ver su nombre en la Historia de la literatura dominicana, el libro de Ramón Tejada Castillo, un clásico en la enseñanza de esa asignatura, en la escuela secundaria.

El hecho de conocerle se produjo gradualmente conforme me fui insertando en el espectro de la literatura de Bonao, no recuerdo bien si él militaba en el grupo Literario Héctor Inchaustegui Cabral, mientras yo lo hacía en el Núcleo Literario Don Manuel del Cabral.

Héctor Bueno (Fallecido)

Nuestros vínculos se fueron cohesionando, según nos veíamos en las actividades que se suscitaban en el ambiente literario local.

Con el tiempo, él comenzó a llamarme poeta y siempre que lo hacía, me sumía en una profunda reflexión, pues no me consideraba poeta, yo nunca he escrito un verso, aunque me gustaría, pero mi inclinación en el oficio literario era al ensayo.

Al oírle llamarme poeta, sentía un desafío, porque era consciente de que no podía pintar con palabras la celebración de la naturaleza con tono optimista como lo hizo Walt Whitman en Hojas de hierba; pero tampoco tenía la fuerza moral para decirle a don Héctor que yo no era poeta.

En una ocasión nos vimos en la esquina que forman la Plaza de la Cultura, la Iglesia San Antonio y la casa de arcos de doña Fonsa Rosario, antes de que manos arteras destruyeran esta última, y me llamó por el apelativo aquel, que me igualaba a los máximos creadores del leguaje y, de nuevo, pensé que el vate bonaense me quería comprometer, más de lo que estaba con el fenómeno literario.

En ocasión de la publicación de su inigualable texto lírico, uno de los fastigios de la poesía nacional, Elegía por la muerte de José Francisco Peña Gómez (1999), me honró mostrándome los originales de esa joya literaria, y eso constituyó un honor inolvidable. En ese conjunto inigualable de imágenes, Héctor plasmó todas las vicisitudes, retos, infortunios, incomprensiones que matizaron la vida del brioso coloso negro de la política dominicana; y lo hizo con la inefable impronta de quien pinta con hermosas palabras la singular vida de un gigante líder de masas.

Antes, había entregado al lector, su inigualable Fuegos Natales, donde hay espacio para la exaltación de nuestros ríos con su caudal de esperanza y el sonoro deslizamiento de sus aguas, para las aves canoras y abigarradas que pintan el ambiente distrayendo el oído y agradando a la vista; las montañas que elevan su promontorio que intenta sin alcanzar jamás, la majestuosidad del cielo; en fin en este texto confluyen todas las características materiales y espirituales, que dicen de nuestra condición de isla tropical. La naturaleza hirsuta y tropical es, en sí misma, la esencial protagonista del canto del Aeda nouelense.

Constituye un reto que un manejador tan hábil del verso, como lo fue don Héctor Bueno, te llame poeta, máxime cuando, en lo más íntimo de tu ser, sabes que no puedes plasmar en el papel la originalidad y el hermetismo con que García Lorca edificó su poesía que homenajeaba el surrealismo y la vanguardia.

Era consciente de que la obra poética, del vate nacido en La Vega, pero que había proyectado profesionalmente en Bonao, estaba al mismo nivel de profundidad y vigencia que la poesía de los Independientes de 1940; y sorprendía cómo un aeda provinciano había sido equiparado con eximias figuras de la poesía dominicana como del Cabral Mir, Hernández Franco e Inchaustegui. Esto retaba el pensamiento crítico, pero era verdad.

Otra vez, aquel apelativo resonó en mi entorno, en esta ocasión, en una de las oportunidades en que el poeta me honró con su visita en mi casa del campo. En ese momento, por poco me armé de valor para decirle al amigo que nunca había sido poeta, que admiraba a los arquitectos de las bellas letras, pero que yo no tenía ese don tan singular. Pero no pude; pensé que era irreverente o que, de algún modo, molestaría al artista.

Todavía evoco a Héctor, diciéndome: ¿Cómo estás, poeta?

JUAN AMADÍS II

9 de septiembre de 2025

Bronx, NY, Estado Unidos de América

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