ARTÍCULO: Realidades de la vida

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Por Juan Ubaldo Sosa

Ayer, sentado frente al lobby del Hospital HOMS de Santiago, comprendí una de las verdades más dolorosas y más humanas que puede experimentar el corazón.

Mientras observaba en silencio, mi mente parecía un diapasón afinando pensamientos profundos sobre la fragilidad de la vida. Y entonces me pregunté:

¿Por qué tanta envidia entre los seres humanos? ¿Por qué tanto odio disfrazado de superioridad? ¿Por qué la traición, la mentira, la maldad, el egoísmo y el afán enfermizo de acumular riquezas y poder, si al final todos terminamos siendo vulnerables ante el mismo destino?.

Vi desfilar frente a mí las yipetas más costosas, vehículos de lujo que probablemente representaban años de trabajo, sacrificio o privilegios. Muchos de ellos habían llegado a buscar personas derrotadas por el dolor, trasladadas en sillas de ruedas, algunas incluso sin poder reconocer el vehículo que un día tanto admiraron.

Vi hombres y mujeres que alguna vez fueron símbolos de poder y prestigio: jueces, diplomáticos, empresarios, profesionales admirados, comerciantes exitosos… Y allí estaban, reducidos a algo profundamente humano: la necesidad de salud, de esperanza y de una oportunidad más para seguir viviendo.

En ese instante entendí algo que debería estremecernos a todos: La enfermedad no distingue apellidos. No respeta cuentas bancarias. No se inclina ante títulos. No le teme al poder. No pregunta cuánto tienes. Simplemente llega. y nos recuerda lo pequeños que somos.

Entonces. ¿vale la pena vivir llenos de odio? ¿Vale la pena humillar, destruir, burlarse, aplastar y herir a otros creyéndonos superiores? ¿Vale la pena perder la humanidad por cosas que jamás podremos llevarnos al morir?

Nada es eterno. Nada trajimos a este mundo. Y absolutamente nada podremos llevarnos cuando partamos. Al final, la vida termina desnudándonos de todo: del dinero, del orgullo, de la vanidad, de los cargos, de las apariencias.

Puede ser una imagen de una o varias personas

Y solo queda algo verdaderamente importante: cómo tratamos a los demás mientras estuvimos vivos. Quizás deberíamos abrazar más. Perdonar más. Escuchar más. Ayudar más. Amar más.

Porque un día, sin avisar, cualquiera de nosotros puede terminar sentado en una silla de ruedas, mirando al vacío, entendiendo demasiado tarde que la vida nunca se trató de demostrar poder… sino de aprender a ser humanos.

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