Guido Gómez Mazara
Desde la perspectiva constitucional, el simple cumplimiento de los requisitos faculta el derecho a una aspiración. Ahora bien, cuando quien ejerce ese legítimo derecho no reúne las cualidades extraordinarias que demandan ciertas posiciones, su apuesta conduce a reclamos exigentes de una ciudadanía capaz de tomar muy en serio la idoneidad necesaria para estar a la altura en el desempeño del cargo.
En el país, un altísimo porcentaje de exponentes de la clase política posee una gran carga de responsabilidad en materia del descrédito del ejercicio partidario. Sin importar el color de la organización, los errores cometidos provocan una interpretación incorrecta del activismo político, dándole la sensación a un amplio segmento de la ciudadanía de que el afán de movilidad económica representa el sello distintivo del bestiario político.
Por eso, resulta alocada la carrera hacia la arena partidaria cuando está desconectada de la verdadera raíz de la participación política: la vocación de servicio y la protección de los sectores más flagelados por la inequidad social. Es un error que las faltas y falencias de muchos se traduzcan en licencia para que todos entiendan que califican a dar el salto responsable a la carrera política.
Una aspiración, especialmente al estamento presidencial, constituye un acto de seriedad y responsabilidad con el país. De ahí que la preparación para las tareas públicas no puede reducirse a la estridencia mediática, procacidad, desparpajo argumental, insulto al que piensa diferente y desdén por la cultura. No nos equivoquemos: la carrera presidencial no es un ejercicio estrictamente intelectual. Sin embargo, creer que la desconfianza hacia los políticos puede responderse cualquierizando la presidencia de una nación pone de manifiesto los niveles de desbordamientos a los que estamos llegando.
La gran tragedia de toda la región latinoamericana hoy reside en habilitar nuevos redentores políticos surgidos del hastío con el sistema de partidos. La cura salió más cara que la enfermedad, sin importar las características ideológicas de los gobernantes.

Afortunadamente, la rabia cívica en nuestro país no se aproxima a estas locuras. No obstante, el clásico modelo partidario está obligado a una reflexión y transformación de hábitos malsanos y manías indecorosas. De lo contrario, la arrabalización de la aspiración presidencial terminará como retrato grave de una sociedad derrotada por el desatino e insuficiencia.