Cada día que pasa me cuestiono sobre aquello que se valora, y en el mundo de la comunicación veo que constantemente se exaltan cualidades que a fin de cuentas terminan siendo ineficientes o insuficientes, pero destaparlo justo cuando «las masas» están en su momento excitado, te hace ser la voz del desierto o la oveja negra del rebaño.
Tengo varios años exponiendo como la «Comunicación Política» ha dejado en la sombra a La Política. La militancia partidaria se preocupa más por aprender estrategias de comunicar y dejan a un lado el hacer político, cuando este debería de ser la génesis y comunicarlo bien, la técnica.
Mientras, comunicar cada vez más se parece a mentir o a decir que es nuevo lo que siempre han existido, al tiempo que, las personas receptoras del mensaje parecieran cada vez con menos capacidad de reflexión o hasta cómplices de estupideces.
Ahora bien, en estrategias de marketing y comunicación política la regla principal es «nunca culpar al público”. Este mandato no es una cuestión de moral, sino de pragmatismo electoral. Culpar a los votantes aliena y crea resentimiento. Quien dice «la gente es tonta por creer eso» está firmando su suicidio político, es así.
Pero hay quienes ya nos dejó de importar tanta estrategia mercadológica y creemos que se colabora mejor a la sociedad con ayudar a ser reflexivos. Por ejemplo, los y las legisladoras no construyen obras, entonces quien ofrezca eso en campaña está sencillamente expresando un deseo que no podrá cumplir o mintiendo, por lo que he observado que así como las personas quieren debates y propuestas, al final, la capacidad del interés analítico no corresponde a tal demanda.
Entiendo que no es justo reclamarle a una población marginada que les rinda importancia a ciertas posiciones electorales, porque se trata de personas en estado de vulnerabilidad y la realidad es que sus problemas inmediatos deben de resolverse con políticas públicas de impacto y que tengan constancia y futuro. Pero lo interesante es ver como personas que no tienen esa misma realidad, al contrario, ya sea que modesta o ampliamente hayan contado con privilegios, educación y oportunidades, reflejen tanta desconexión.
Ilustración de la política
En busca de respuestas me he encontrado con el concepto de «Rational Ignorance» (Ignorancia Racional), donde el economista Anthony Downs expone que para un ciudadano individual, el costo de informarse a fondo sobre todos los temas políticos es muy alto (tiempo, esfuerzo), mientras que el beneficio (el impacto de su voto en el resultado final) es infinitesimalmente pequeño. Por tanto, es «racional» ser ignorante en asuntos políticos. Esto afecta a todos, incluidos los privilegiados. Un abogado o un médico puede estar muy bien informado en su área, pero es racional que no invierta horas en analizar los detalles de una reforma fiscal o un tonto programa vendido como la panacea educativa. Esto lo hace más susceptible a eslóganes simples y narrativas emocionales.
De manera constante la multitud se enfoca en mensajes cortos y directos, “Yes we can” (Si, nosotros podemos) de Obama, «Make America Great Again” (Hacer a América Grande Otra Vez) de Trump y anteriormente de Reagan, y claro, el “Cambio” de Luis Abinader.
Lo más interesante es escuchar a la clase media creerse mejor y más ilustrada y culpar a las personas más pobres por sus decisiones electorales. Lo triste de todo este enredo, es que si bien es cierto que estas técnicas mercadológicas y estos conceptos de Anthony Downs datan de más de 60 años, hoy es aún más visible y la sociedad está más dispersa y sumergida en demasiadas distracciones.
Entonces, por eso vemos ministros que, al igual que su jefe, están mucho más concentrados en su imagen personal que en ejercer un buen rol como administradores de la cosa pública. Se inventan situaciones para salir mágicamente con soluciones populistas, mientras ignoran a los verdaderos problemas del sistema y no demuestran capacidades reales como gerentes.
Mientras muchos eligen ser ignorantes racionales, el gasto corriente del Estado se come el presupuesto, no hay inversión en gasto de capital, la economía está lenta, también el dólar está alto al igual que la canasta básica y los servicios de salud y de electricidad. La mayoría de la población se ha empobrecido, la deuda de tarjetas de crédito está alcanzando niveles históricos y el apagón informativo está cada vez más grande.
¿Seguirá siendo rentable la ignorancia racional bajo estas circunstancias? o ¿Ya es tiempo de ponerle más atención a los destinos de nuestro país bajo este esquema de comunicar bonito, mientras nos endeudan y nuestra calidad de vida decrece?