OPINIÓN: Los desafíos de la hora

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Como todos los países del mundo la nación dominicana transita una fase de su historia acosada por tres “pandemias” que constituyen los desafíos de la hora: La pandemia del coronavirus; la grave situación económica acentuada por la crisis sanitaria; y la difícil misión electoral con sus grandes desequilibrios y desenlace incierto.

Ante ese panorama el Gobierno ha tomado medidas para manejar con cierto control calculado la pandemia sanitaria, disponiendo la integración de una Comisión de Alto Nivel para su manejo, así como medidas sanitarias según las sugerencias de los organismos internacionales que orientan y asesoran a los gobiernos del mundo en materia de salud.

De igual manera, frente a los problemas causados a la economía el Gobierno también ha adoptado un conjunto de acciones, facilitando recursos a los diversos actores y agentes económicos impactados por la paralización del aparato productivo y de servicio, con la finalidad de aliviar los estragos del Covid-19. Al mismo tiempo, el Gobierno más adelante dispuso el tránsito de la economía a través de cuatro fases para su reapertura, viéndose obligado por el agravamiento de los indicadores sanitarios a suspender el paso a la Fase III.

En cuanto al problema político y electoral, el mismo quedó también paralizado para los partidos políticos, permitiéndoles, aún fuera del estado de emergencia y del toque de queda decretados, la realización de actividades asistenciales para ayudar a los millones de personas que quedaron en estado de precariedad por efecto de la pandemia sanitaria, sectores éstos que prácticamente cayeron en un “estado de necesidad”.

La campaña electoral se ha visto así limitada al clientelismo asistencialista, sacando mayor ventaja proselitista el candidato oficial, pero empobreciéndose en los componentes que sirven de fundamento a la política, los cuales se aterrizan en la “visión” sobre la realidad nacional y la propuesta programática sobre la misma.

A lo sumo se han planteado ideas de proyectos de infraestructura, siguiendo la tradición de los gobiernos de centrar la acción pública en la construcción conforme a la filosofía de la “varilla y cemento”, apreciada por las oligarquías privilegiadas nuevas y viejas.

Algunos tocan el problema de la institucionalidad y la necesidad de la separación de los poderes, poniendo el énfasis en la independencia de la Justicia, pero no orientan su concepción ideológica en función de alguna teoría del desarrollo humano convertida en un plan de nación.

En ese contexto de pobreza institucional, agravado por la coexistencia de la pandemia sanitaria y la precariedad económica, unido a la crisis político-electoral, la JCE se ha limitado a las acciones elementales de organización de la jornada electoral del 5 de julio, con la esperanza de que la misma quede “bien”, pero sin entrar a regular y disciplinar como árbitro neutral, los desmanes protagonizados por los candidatos, violatorios de las leyes que rigen los procesos electorales, por lo que las irregularidades campean en el escenario, mucho antes del día de las elecciones.

La inacción de la Junta es otro elemento que enrarece el proceso y su culminación legítima, por lo que por ahora las elecciones lucen un tanto inciertas, como consecuencia de la gravitación simultánea de las tres “pandemias”.

¡El optimismo nos impulsa a desear que todo salga bien! 

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