El Gobierno ha dispuesto de una amplia apertura a las actividades económicas y movilidad social a fin de ir dinamizando el aparato productivo de la nación, además de que ampliar los horarios de servicios como el transporte y el comercio reduciría las aglomeraciones porque la población tendría más tiempo para atender sus necesidades.

Es cierto que hay un incremento en los casos de contagios y fallecimientos en la última semana, pero mantener el actual nivel de confinamiento, por sí solo no es garantía de que el problema se reducirá.

A partir del próximo miércoles, el Gabinete de Salud dispuso reducir el confinamiento ciudadano de lunes a viernes desde las 7:00 de la noche hasta las 5:00 de la mañana, con tres horas adicionales de libre circulación y los fines de semana hasta las 5:00 de la tarde, con tres horas de libre tránsito.

Se dispuso además la apertura de los gimnasios y lugares de consumo de alimentos y bebidas, los que podrán operar al 60 % de su capacidad, con estricto cumplimiento de los protocolos sanitarios. Las iglesias podrán celebrar misas y cultos tres veces por semana. Se permite también el uso y disfrute de parques y malecones.

Aunque esa reducción en horarios de cierre de negocios y de confinamiento domiciliario contrasta con restricciones y controles sanitarios impuestos en otros países, como Estados Unidos, donde el presidente Joe Biden anunció cuarentena obligatoria a todos los viajeros visitantes y señaló que esa nación está en estado de guerra contra la covid-19, se trata de dos realidades diferentes.

Tal parece que las autoridades no tenían otro camino que el de la flexibilización del programa de contención pandémica porque el daño colateral del férreo confinamiento ha sido mayor que los resultados alcanzados.

El empleo informal, que representa el 55% del índice general de ocupación, ha sido drásticamente diezmado por la pandemia y el obligado confinamiento, que limita a miles de trabajadores a procurar el sustento de los suyos.

Más que por el “declive en la curva de contagio”, posiblemente lo que primó en la flexibilización del programa de contención pandémica ha sido la necesidad de que la economía respire sin necesidad de ventilación. Si es así, la responsabilidad recae ahora sobre una ciudadanía compelida a exhibir conciencia, prudencia y civilidad.

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