Radhamés Gómez Pepín, Enrique Franco, Germán Ornes Coiscou, Rafael Herrera y Rafael Molina Morillo titanes del periodismo de República Dominicana al borde de la mitad del siglo veinte

Reseñar recuerdos de los principales protagonistas del periodismo dominicano al filo de la mitad del siglo XX, resulta un gratísimo ejercicio cognitivo, relicario de experiencias valiosas, sacramental accionar misionero de informar, vertebración esta entrega a El Nacional.

Comienzo la reseña de estos titanes del periodismo como nunca antes ni después, con Radhamés Gómez Pepín, conductor por antonomasia de mi vocación por el periodismo, recordando que cuando contaba 16 años confesé a mis padres y abuelos paternos que aspiraba ser como Radhamés, vecino de mi hogar en la entonces avenida Generalísimo Trujillo de Santiago, hoy Hermanas Mirabal, básiga de mis primos hermanos Ulpio y José.

Apoyó mi colaboración cuando dirigió el desaparecido matutino tabloide El Sol, gestado por Binvenido Corominas Pepín, inolvidable y querido Dido, luego propiedad de José Brea Peña, lastimeramente desaparecido por falla de gestión administrativa de Víctor Livio Cedeño.

También cobijó mis colaboraciones dirigiendo El Nacional en 1989, hasta hoy.
Y así aconteció, cuando cuatro años después, comencé a escribir una columna deportiva en La Información, con el padrinazgo de Enrique Franco Anido, subdirector del diario. Nunca me pagó una colaboración.

Deliraba conocer a Germán Ornes Coiscou, Rafel Herrera y Rafael Molina Morillo, director, jefe de redacción y reportero respectivamente de El Caribe, delirio concretizado en 1962, cuando conocí a Ornes y a Molina, y dos años después a Herrera, director de Listín Diario cuando reapareció en 1964.

Germán Ornes Coiscou

Ornes era el más ávido lector de todos, siempre con dos y tres libros abiertos en su escritorio, y en una ocasión cuestionándole como podía leer varios libros a la vez, respondió como lees varios textos en tu carrera de derecho, que cursaba en la UASD.

Era parco en conversar, pero docto, preciso, ilustrado, siendo el primero que me pagó colaboraciones a RD$5 cada una, RD$20 mensual, un mundo de dinero entonces, cuando tres cervezas Presidente pequeñas constaban un peso, hamberguers Imperiales 35 centavos, litro White Label servido RD$5, rones criollos RD$0.75 centavos, zapatos Freeman RD$20, chacabanas Bazar RD$10, un traje casimir o palm beach RD$60.

Insistía invitarme a cenar luego escribir editorial once p.m. y cuando declinaba, me convencía que las raciones en pensiones eran precarias, acompañándole al restaurant de Men el chino frente al parque Independencia, un filete con papas RD$1.25, servido por Liquito.

Rafael Herrera Cabral

Igual que Radhamés y Ornes, era un soberbio periodista natural, no académico, con un sentido agudo de la sorna inofensiva, irreductible e insobornable, valor a toda prueba, demostrado en sus históricos editoriales censurando inconductas del gobierno espurio de El Triunvirato, presidido por su primo Donald Read Cabral, represor disidencia, corruptor de militares con famosas Cantinas Militares, anatematizados reiteradamente por Herrera.

Nunca poseyó casa ni vehículo. Cuando el administrador del Listín, Luis Manuel Matos Sánchez rechazaba incorporar un nuevo reportero, Herrera autorizaba descontarlo de su salario, reducido casi a inanición, porque formaba varios periodistas a la vez con ese método.

Sus impenitentes habanos y su melena bethovenesca son tan recordados como su inmenso valor y acrisolada honestidad.

Rafael Molina Morillo

Comencé a trabajar con Molina siendo subdirector de El Caribe en 1962, debutando concomitante publicación revista Ahora, colaborando con entrevistas, una de ellas, el retorno de China de Cayetano Rodríguez del Prado Ylander Selig y Asdrúbal Domínguez, posando con El Gran Timonel Mao Tse-tung. Nunca me pagó una colaboración, continuando estrechos vínculos por más de medio siglo, inclusive dirigí en l967 su revista agropecuaria La Campiña, que sí me pagó.

Mario Álvarez Dugan

Acaricié en mi amado Santiago, entonces un pueblo grande con aspiraciones de gran urbe, que logró a partir de la década final del siglo XX, conocer a Cuchito Álvarez, entonces famoso comentando los choques de béisbol invernal, en formidable dúo con el inmenso narrador cubano Rafael Rubí, cuando al final de cada inning preguntaba: ¿Qué te parece, Cuchito?.

Trabé íntimas migas con Cuchito, cobijando mi colaboración en Hoy desde 1989 hasta hoy entonces tres entregas semana, hoy dos.

Disponía de una memoria paquidérmica, estilo el presidente Joaquín Balaguer, insistí hasta el final de su valiosa vida redactar sus memorias, que hubiesen constituido un bestseller, por las vivencias que compartió en la Era de Trujillo, más el acervo inmenso que logró de su progenitor, Virgilio Álvarez Pina (Don Cucho), pero la vocación de Cuchito no era escritor, sino periodista interpretativo de noticias, como aconteció Herrera y Radhamés, no con Ornes, que escribió Trujillo, pequeño César del Caribe, y Molina, autor de Gloria y repudio, una biografía interpretativa del general Pedo Santana, en su roles protagónicos de libertador de la República en 1844, luego apóstata y buhonero de la patria, gestando la anexión a España en 1861.

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