Por Eddy N. Montilla

La explotación del oro dominicano por otros países es tan vieja como nuestra propia historia. En los tiempos del descubrimiento, los conquistadores españoles, movidos por una sed insaciable del metal, lo extraían con sudor y sangre de esclavitud: gotas mortales de sangre para los que se sublevaban y gotas perennes de sudor para los esclavos subyugados.

Todo lo anterior forma parte de un pasado difícil de evaluar desde una óptica presente, cayendo desde historiadores hasta la gente común en una severidad ciega al juzgar con la misma lupa de la conciencia que tenemos en la sociedad moderna hechos (atrocidades o no) ocurridos en un momento histórico en el que el ser humano todavía no había alcanzado los niveles de civilización y de conciencia actuales. Lo que sí resulta imperdonable es que hoy en día siga ocurriendo la misma situación de explotación de forma disfrazada o solapada: nuestro oro sigue siendo explotado por otros.

Durante el gobierno del PRD encabezado por Hipólito Mejía (2000-2004), se arrendó la explotación del oro, plata y otros minerales de la mina de Pueblo Viejo a la compañía minera Placer Dome (Vancouver, Canadá). Luego, tanto Leonel Fernández (2009) como Danilo Medina con su PLD, se movieron en la misma dirección que Hipólito: ceder los derechos de explotación minera para obtener una entrada económica rápida, pero sin desarrollo sostenido, esta vez con la compañía minera sucesora, Barrick Gold Corporation (Toronto, Canadá).

Como dice la canción: “Se repite la historia y solo cambia el actor”. Los tres expresidentes vendieron sus proyectos como éxitos indisolubles para beneficio de nuestro país. Sin embargo, hasta el más humilde de nuestros campesinos sabe lo que son beneficios a medias, siendo exactamente eso lo que esa situación nos ha dejado.

Los países pobres son siempre pobres, porque piensan como pobres. Lo mismo sucede con el subdesarrollo, algo que queda tipificado en esos contratos con empresas mineras extranjeras, dando nuestros metales en vez de tratar de extraerlos.

¿Por qué contentarse con una parte del pastel cuando se puede tratar de tenerlo todo? Con todo el oro que se llevó Placer Dome y que se ha llevado Barrick Gold durante décadas se pudo haber comprado la tecnología para la explotación de la mina por nosotros mismos.
No podría asegurar la veracidad de la historia, pero es tan aleccionadora que, aún siendo irreal, nos enseña cuánto hemos errado en el manejo de nuestros recursos naturales. Hace ya diez años, cuando Lula era presidente de Brasil, decidió comprar aviones de combate francés Rafale a Nicolas Zarkozy con la condición de la transferencia tecnológica para su construcción y posterior venta a otros países vecinos, una especie de “yo te los compro a tu precio, pero tienes que enseñarme cómo se fabrican”.

Con ese tipo de pensamiento es que crece un país en vez de pedirle a otro que nos dé una parte de algo que es cien por cien nuestro y que pudiese ser explotado por nosotros mismos.

En el peor de los casos, hasta extrayendo el oro en la forma más rústica, nuestro país gana más, porque recibe el cien por cien, aunque nos llevase toda la vida dicha tarea.
En tiempos de recesión o incertidumbre económica (y en ellos estamos), los inversionistas se respaldan con la compra de oro, lo cual explica por qué el precio del oro ha subido a niveles nunca vistos hasta ahora.

Investigue usted mismo cuánto cuesta una onza de oro y entenderá fácilmente no solo el mal manejo que hemos hecho con nuestros recursos minerales, sino también por qué van las compañías mineras a los periódicos para hablar de sus grandes “aportes económicos y sociales” al país sin mencionar los jugosos ingresos que se llevan aquí y en otros países.
Eso pasa en República Dominicana, en Chile, en la Argentina y otros lugares.

El oro es el más dúctil y maleable de los minerales. Dicho de un metal, la palabra maleable significa que puede extenderse en forma de lámina. Dicho de una persona, quiere decir que es fácil de convencer o de ser persuadido. Parece que nosotros, los dominicanos, somos tan maleables como el oro que nos llevan.

El autor es periodista.

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